TOP

Androginia: La alegoría de la transformación

En primer lugar, tres eran los sexos de las personas, no dos, como ahora, masculino y femenino, sino que había, además, un tercero que participaba de estos dos, cuyo nombre sobrevive todavía, aunque él mismo ha desaparecido. El andrógino, en efecto, era entonces una cosa sola en cuanto a forma y nombre, que participaba de uno y de otro, de lo masculino y de lo femenino, pero que ahora no es sino un nombre que yace en la ignominia[1]

Según el célebre Mito del Andrógino (una de las referencias más tempranas de androginia que pueden encontrarse en la literatura occidental) popularizado en voz de Aristófanes en El Banquete de Platón, la razón por la cual vivimos buscando a ‘nuestra otra mitad’ es que la raza humana solía verse y reproducirse de manera muy diferente a la actual, hasta que un día, por conspirar contra el omnipotente Zeus, éste decidió separarnos de nuestras respectivas mitades. Quizás Aristófanes no hablaba en serio. Después de todo, era un comediante…Aunque, pensándolo bien, las trincheras de la comedia solían ser el único sitio desde el cual se pueden lanzar verdades de manera (casi) impune. Seamos honestos: la imagen de dos cuerpos esféricos unidos uno a otro tratando de rodar juntos hacia la felicidad produce más risas incómodas que anhelos románticos.  Si decidimos entonces ignorar el hilarante patetismo de dicho mito, nos percatamos del surgimiento de una pregunta que es más urgente y relevante que nunca: ¿es la androginia el camino divino hacia la plenitud humana?

A pesar de los golpes de pecho de varios, algunos de nosotros ya nos hemos acostumbrado tanto a la androginia como a la diversidad sexual gracias a la enorme presencia que han tenido ambos temas en los medios tradicionales y digitales durante la última década. Algunos ejemplos de androginia en la cultura popular (Rocky’s Horror Picture Show, el Aladdin Sane de Bowie,  Cate Blanchett en su papel de ‘alter ego’ de Dylan en I’m not there, los integrantes de las boy bands de K-Pop, etc) quizás no gocen de una aceptación mucho mayor hoy que hace treinta años, pero para la mayoría de nosotros – sea cual sea nuestra postura respecto a la llamada ‘liberación’ sexual, a la diversidad de género y de estilos de vida – ya no representan un shock. En cuanto a la moda, ésta ha estado enamorada de la androginia durante bastante tiempo como para que no sólo aceptemos, sino que hagamos nuestra, la tendencia de lo unisex. Quizás esto se deba a que estamos condicionados antropológicamente condicionados a abrazar la androginia, como resulta evidente después de revisar algunos mitos y prácticas de la antigüedad griega, así como de las religiones más ancestrales de Oriente Medio.

Los sumerios rendían culto a la diosa Inanna, luego conocida como Ishtar. Se trataba de la diosa el amor, de la belleza y del sexo, así como de la fertilidad y del combate. Los sacerdotes a cargo de dicho culto eran conocidos como ‘gala’ y, posteriormente, como ‘assinnu’; se caracterizaban por ser varones que utilizaban nombres femeninos e incluso llegaban a comunicarse exclusivamente en eme sal, un dialecto que era de uso exclusivo de las mujeres. Una de las facultades de Inanna/Ishtar era la capacidad de transformar a los hombres en mujeres[2]. A diferencia de las deidades grecorromanas, los dominios de acción de Inanna/Ishtar eran tan vastos que podrían considerarse contradictorios (el amor y la guerra, por ejemplo). Los antiguos sumerios concebían el universo como un ámbito de dualidades en perpetuo conflicto, que sólo deidades como Inanna/Ishtar podían navegar mediante la transformación a voluntad de todo lo que fuese contrario. El género era uno de los rubros que la diosa podía manipular a su antojo. Mediante la fluidez y la androginia se conseguía la manifestación de dicha pugna entre fuerzas, deseos, y estados físicos. Tenemos entonces que el poder divino que los sumerios más respetaban y anhelaban para sí era el de la libre transformación – la androginia era, y sigue siendo, una de las expresiones más accesibles de este poder.

¿Qué hay de los romanos de la antigüedad? Es notable que, incluso en uno de los imperios más complejos y belicosos que han existido, la transformación haya ejercido la misma fascinación en el imaginario popular. Esto ocurrió, por supuesto, a través de la literatura. Las Metamorfosis, obra de Ovidio, continúa influyendo tanto en artistas como en lectores. A lo largo de quince ‘libros’ (o capítulos) el poeta romano captura la historia de la humanidad mediante la poetización de las transformaciones físicas de los dioses y los hombres. Estos últimos se transforman para evadir el control autoritario ejercido por las deidades de la mitología grecorromana; mientras que dioses y diosas se dejan llevar por el capricho y el deseo sin ninguna contemplación, poniendo en evidencia que la divinidad es fluida y cambiante, mientras que la condición humana está condenada a ser estática, rígida. Los dioses van más allá de transformar hombres en mujeres, o viceversa: intentando huir del deseo de Apolo, Dafne se convierte en una hoja de laurel (spoiler: aun así, Apolo se sale con la suya); Júpiter viola a Ío y, para, ocultarla de la cólera de Juno, la transforma en una vaca – Isis. La androginia hace una breve, pero jugosa aparición en la historia de Ifis (un nombre genéricamente neutral, por cierto) quien se transforma en hombre luego de plegarias infinitas a Isis, para así finalmente poder contraer nupcias con su amada Yante. ¿Estaba Ovidio abogando por la heterosexualidad, o hay algo más de fondo? El profesor Gerald R. Lucas escribe lo siguiente:

“Ifis adopta algunas características del género masculino para ajustarse a las expectativas sociales, pero sigue tratándose de una chica casada con otra chica, socavando con ello los valores tradicionales, o por lo menos los valores impuestos.[3]

En la mitología nórdica tenemos a Loki, el maestro indiscutible de la transformación, de la chanza y del engaño. Al leer los mitos nórdicos – con los cuales, dicho sea de paso, los cómics y películas del MCU no tienen casi nada que ver – resulta evidente que a pesar de que el musculoso Thor, el hermoso Balder, la benevolente Frigg, y el propio ‘padre todopoderoso’ Odín son todos dioses poderosísimos e inmortales, hay poco que puedan hacer ante el poder de transformación y la desmesurada astucia de Loki, quien puede adoptar la apariencia y el sonido de cualquier ser que le venga en gana. Al realizar toda suerte de bromas, engaños y trucos, y al carecer por completo de moralidad – lo cual le impide sentir culpa y le facilita mentir a placer – Loki es la figura catalizadora de la mayoría de los eventos en Asgard, con consecuencias que trascienden incluso a otros mundos como Midgard, lugar en donde habitan los mortales.

 

La transformación es subversión, es un acto que otorga poder a quien lo lleva a cabo, pero no cualquiera puede conseguirlo, de ahí que las culturas antiguas reserven la astucia y el ingenio requeridos para ejecutar dicha proeza a los dioses. Más allá incluso de la deambulación entre ambos géneros, hemos visto que dentro del imaginario antropológico de la humanidad es concebible la transformación en seres de diferentes especies.

La androginia nos remite a nuestro deseo innato e imperturbable de transformación. La cultura alimenta nuestro imaginario visual de manera directa e inconsciente, impulsándonos a creer que nosotros también podemos transformarnos si damos con ‘ésa’ fórmula, ‘ésa’ idea, ‘ésa’ circunstancia. La androginia nos seduce y nos atrae pues representa la ejecución simultánea en el mundo real de dos elementos que la lógica suele presentarnos como irreconciliables o incluso incompatibles. Más allá de las capas iniciales de significado estético hombre/mujer, niño/niña, masculino/femenino, recto/curvo; encontramos el impulso de cambiar de piel, de ser más que sólo uno, y de fluir entre dos corrientes. La androginia conlleva la capacidad y la habilidad de transformarse: algo que hoy sabemos que no únicamente es de dioses, sino también de humanos. Tal vez la transformación es nuestra porción de divinidad, y la fluidez de formas y géneros es el camino hacia su consecución.

Androginia, unisexualidad, bisexualidad, o pansexualidad: todas son, bajo esta premisa, un camino hacia la magia de convertirnos en los dioses de nuestras propias vidas.

 

Texto por Bere Parra, ilustración por Enrique Cedillo, publicada originalmente en Deletéreo.

 

Notas 

1. Platón and García Gual, C. (2016). El banquete. Madrid: Alianza.

2. Leick, Gwendolyn (2003). Sex and Eroticism in Mesopotamian Literature. Abingdon: Routledge.  

3. Lucas, Gerald R. (21 Diciembre , 2013) Ovid’s Metamorphosis: Some notes on this Ovid’s anti-epic; Medium.

 

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.