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CDMX, vida gay y arquitectura

¡Ah, qué bonito es caminar por la CDMX! Siempre y cuando no sea en alguna colonia con alto índice delictivo, en un horario familiar y de preferencia sin el efecto de alguna bebida divertida y/o estupefaciente.

Acepto que siendo provinciano (me autodefino de esta forma no por segregarme,  pero sí para sentirme parte de esa manada que llegó buscando oportunidades y sueños con nuestra caja de jabón blanca nieves a la gran capital) es un placer caminar por sus calles y percibir ese aroma que solo esta ciudad nos da (muy probablemente se trate de esmog, puestos de elotes y uno que otro olor fétido que emane de un bar; parte del encanto de esta maravillosa ciudad).

Como arquitecto –que no ejerce, pero sí lleva en el corazón la construcción– la Ciudad de México es una caja de sorpresas que me ofrece no solo rascacielos de la más alta vanguardia, sino que en cada esquina, en cada cuadra y en cada colonia (donde seguramente tengo un ligue que la vida, grindr o tinder me haya presentado), un edificio que aún revive escenas de siglos pasados, una casa donde nació algún personaje famoso o incluso un rincón donde dimos nuestro primer beso de lengua con nuestro vecinito de siempre; habría que empezar por aceptar que nosotros también formamos parte de la historia que hoy conocemos y que en un futuro será parte del legado que la arquitectura silenciosamente observa.

Uno de los sitios más emblemáticos que esta ciudad nos ofrece es el Palacio de Bellas Artes. ¿No lo conocen aún? Espero que si su respuesta fue negativa, sea porque son de otro país, otro planeta o porque las lágrimas por el desamor los haya cegado; ese sí es mi caso y razón por la cual ahora “yo no nací para amar” de Juan Gabriel es mi himno. En 1904 comenzó la construcción de este hermoso edificio de estilo art nouveau(pronunciado “art nuvó” haciendo la boca como si quisieras besar a un chacal en el transporte público) en el exterior y art decóen el interior (si quisieran entender esta combinación sería algo así como conocer al hombre de tus sueños, que por fuera pareciera boxeador y por dentro piense como stripper pero súper romántico, es decir, una mezcla extraña de estilos pero que como resultado da un producto inigualable).

Todo lo que sucede alrededor –en la alameda central incluso– es mágico y por si tú, querido lector, lo desconocías, es probablemente el centro geográfico, desde tiempos inmemorables, de una de las zonas gay por excelencia. Comenzando por la alameda, donde a ciertas horas de la noche las miradas furtivas, los roces sutiles y los ligues de ocasión se dan como pasto en tumba vieja. Muy cerca de Bellas Artes también se encuentra la calle República de Cuba que alberga (sic) varios bares, cabarets y lugares para bailar donde la comunidad gay domina la zona. Rematando con uno que otro cine para adultos, esta zona es la indicada si deseas conocer realmente las vísceras del México gay.

Esto nos lleva a nuestro segundo edificio emblemático: El Palacio Postal. Conocido también como Palacio de Correos de México, posee arquitectura ecléctica y una combinación de elementos del estilo plateresco Isabelino, así como del gótico veneciano (en otras palabras es como una piñata de Dora la exploradora de cartón con dulces que van desde chocolates finos con envoltura dorada, hasta los merengues terrosos con forma de helado en cono); es el remate visual perfecto para el encuadre que nos da Bellas Artes (o si lo quieres ver de otra forma, es el fondo idóneo para una foto con tu ligue si estás saliendo de Bellas Artes o la escenografía ideal para pedirle el teléfono a ese joven coqueto que no dejó de verte en el metro minutos atrás.

Si quieres un consejo de provinciano a provinciano (o defeño o marciano o quien sea que me esté leyendo) a unos pocos metros de este edificio está la calle de Madero que por sí misma es un regalo visual (y para apreciar belleza masculina a diestra y siniestra); recórrela completa, admira todos los edificios que la rodean, compra alguna botana para incentivar el consumo local (que seguramente acabarás tragándote la moneda de 10 centavos o la uña chiquita de acrílico de la vendedora, pero no por esto deja de ser peculiar la experiencia) y termina tu breve caminata en el zócalo capitalino, que es el sitio de nuestro tercer edificio único de la CDMX: La Catedral Metropolitana de la Ciudad de México.

Este podría ser considerado como el ejemplo máximo de la arquitectura colonial en todo el continente; la primera piedra fue colocada por Hernán Cortés en 1524, y la fachada fue finalizada en 1813 –un poquito más para acá vaya– por el arquitecto Manuel Tolsá. Visitar la catedral es una experiencia única, tanto por su majestioso interior como por la mareada que te das al darte cuenta que está más inclinada que el árbol torcido que jamás su tronco enderezó. No dudes en visitarla con tu ligue, tu pareja o tu amigo con derechos porque al menos poniéndole una escenografía bonita de fondo, cualquier problema es menor (o al menos lo recordarás por siempre).

Yéndonos un poco más para el sur se encuentra el cuarto edificio, que en mi opinión provinciana, (con bastante daño por todos los litros de tragos coquetos que me he tomado en esta hermosa urbe) constituye uno de los más modernistas y cuya ubicación es el inicio de la ciudad universitaria con mayor prestigio en el país: el Museo Universitario de Arte Contemporáneo.

Se trata del primer museo público creado ex profeso para el arte contemporáneo en México (espero que al leer esto no se imaginen cuadros hechos con aerosoles y tapas de yogurt en la calle o tu nombre en un grano de arroz). La arquitectura del edificio es casi futurista (como la vestimenta de Lorena Herrera en cualquier video musical suyo en el ciclo 1998-actualidad) y corrió a cargo del gran Teodoro González de León (si quieren saber más sobre este gran arquitecto les recomiendo se den un tiempo para conocer su trayectoria y aporte al paisaje urbano mexicano.

La lista sigue y probablemente a cada paso encuentren algún lugar que les recuerde algo, que evoque memorias bonitas, que haya sido testigo de algún evento histórico, o simplemente que los haga sentir en casa; como ahora la Ciudad de México lo es para mí. Los invito a que redescubran esta hermoso lugar donde puedes pasar de desayunar una torta de tamal, comprar una revista, echarte una cerveza e incluso rematar con besos apasionados en la noche, en el mismo lugar geográfico y sin tener que moverte más de 10 metros; así de diversa es nuestra ciudad.

Seamos testigos parlantes de una ciudad que nunca descansa, y hagamos de nuestra urbe un lugar donde la historia que estamos viviendo quede plasmada para siempre (si se puede, echándose un elote con todo y esquivando los charcos que la lluvia dejó sobre las banquetas).

 

Texto por Ivan Peralta y collage por Karen Cosio

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