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El tiempo es otro río

A Ander le gustaba caminar, a pesar de poder usar cualquier transporte público de aquella ciudad, para sentir el sol sobre su broncínea piel, el aire cargado con esos extraños y cada vez más familiares olores de comida grasosa, flores, perfumes -incluidos los del drenaje; escuchar el ruido de los autos que terminarán apilados en torres inclinadas esperando a caer como la arena de un reloj, las risas de niñas y niños, el ladrido de los perros y el canto de las aves, las canciones que van desde el pop, pasando por el rock y la electrónica, hasta el reggaetón y una que otra cumbia. Esas caminatas eran para disfrutar ese armonioso caos. Aunque este día lluvioso no le prestaba mucha atención a ese mundo, su mente se centraba en una sola cosa: el momento en que conocería a su autor favorito. Pocos tenían la oportunidad de conocer a esa persona que alimentó con sus palabras, las horas donde la esperanza era tan famélica como un perro callejero que ronda a los comensales de los puestos de comida anhelando que alguno tiré un poco de carne. Claro que no podía llevar ningún libro para que lo autografiase, pero sí tomar alguna fotografía y charlar. Sobre todo, eso es lo que más deseaba; conocer al ser humano detrás del creador. Sabía que debía aprovechar al máximo esa oportunidad única e irrepetible, como todos los instantes del universo ya que no había sido nada fácil conseguir el permiso en su trabajo, y no exactamente por los interminables trámites burocráticos, sino porque muy pocos agentes podían acceder al permiso CPFAS2118, éste se otorgaba únicamente a aquellos que tuvieran un expediente impecable en su historial de misiones. Preservar el tiempo no era una labor sencilla, sino una cargada de victorias pírricas. Sin embargo, en esta ocasión no tenía que salvar a ninguna persona clave de los planes de los maquis, como se autodenominaba un grupo de personas empeñadas en reescribir el tiempo según su ideología; la prensa de su época los llamaban morlocks, no sólo por vivir en las ciudades subterraneas, sino también porque al inicio de sus atentados contra las ciudades que orbitaban la Tierra -donde los elois vivían- enviaban amenazas de derrocar al imperio. Y cuando la humanidad descubrió la forma de navegar por las arenas del tiempo, ellos vieron la oportunidad de corregir las injusticias que los habían llevado a vivir bajo tierra. Claro, la gente no sabía nada de eso, o al menos no deseaban saberlo, así fue como inició la Guerra Fría Temporal, donde solamente intervenían los agentes temporales y los maquis, combatiendo en cada punto de la historia de la humanidad. Ander ya había conocido diplomáticos, presidentes y reyes, pero solamente añoraba conocer a Hernando Olivares, uno de los mejores poetas de aquella época caótica; quien estaría en aquella cafetería, donde muchos artistas de inicios del siglo XXI se reunían. A las 3:30 entraría para refugiarse de la lluvia, como había posteado en su facebook, una de las tantas redes sociales que han servido a los historiadores y biógrafos para reconstruir las vidas de muchos intelectuales, políticos y demás personalidades.

Ander sentado en uno de los sillones bebiendo un poco de té chai –ya que el de su época no era tan bueno– miraba hacia la puerta mientras repasaba su plan para iniciar la charla, tenía un punto a su favor, Hernando era gay, así que no sería complicado; solamente debía evitar que esta charla  no fuera más allá de un simple café. Estaba estrictamente prohibido interactuar sexualmente con la gente del pasado, a causa de dos factores: en primer lugar estaban los huérfanos del tiempo, personas nacidas en el pasado fruto de viajeros que podría provocar un incremento poblacional en el pasado, además de introducir las mutaciones del ADN antes de tiempo y en segundo lugar, las infecciones y enfermedades que ya extintas; resurgieron con más fuerza y casi diezman a todos. Además de la regla,  sospechaba que el poeta, como la mayoría de hombres de aquel tiempo, era más fálico a la hora de coger –amaba esa palabra que en su presente estaba en desuso–. Por fin había entrado, allí estaba ese chico de lentes, con caballo oscuro y barba, se dirigió a la caja para ordenar café y una rebana de pay de zarzamora, después se aproximó hacia donde estaba Ander.

–Perdón, ¿está ocupado este sillón?

–Ahm… no, claro que no, puedes sentarte con toda confianza–. Ander dudo por los nervios, ¿cómo era posible que alguien que había salvado la vida de Hasekura Tsunenaga, el primer samurai en pisar la Nueva España, y había evitado el descarrilamiento del primer tren en México, estuviera tan nervioso ante un simple joven, que aún no era aquel gran poeta? Tras tomar valor, inició la charla típica de presentación. Todo iba bien hasta que Hernando sacó un libro para leer, supuso que sería un libro de Coral Bracho o Ida Vitale o Adolfo Castañón o Enrique González Rojo, poetas que influyeron mucho en sus versos; no pudo ver que leía, aunque la portada era un poco extraña, mostraba un astronauta flotando en el espacio así que decidió preguntar para continuar la charla.

–Disculpa, ¿qué estás leyendo?

–Es una antología de ciencia ficción latinoamericana–. Respondió con una gran sonrisa de oreja a oreja. Antes de que Ander pudiera decir algo, agregó. –Es que me apasiona la ciencia ficción, de hecho estoy escribiendo mi primera novela.

Ander estaba muy confundido, él sabía que por esas fechas Hernando ya debía estar escribiendo sus poemas con los que ganaría su primer premio, además, como buen intelectual de su época, debía estar leyendo a otros poetas o escritores postmodernos, no esas disparatas historias.

–Vaya… ahm, ¿no has considerado escribir poesía?– Cuando terminó la oración se percató de lo que había dicho, su fanático interno salió a flote. Desconcertado, Hernando, respondió:

–Eh… no, la verdad no y para ser honesto, no me gusta la poesía–. Ander sintió un vuelco en el estómago, no podía creer que hubiera escuchado esas palabras de su autor favorito. Trató de calmarse para articular su siguiente pregunta:

–¿Por qué no?

–¿Quieres la respuesta breve o la larga?

–La breve.

–Simple, el mundo de los poetas me desagrada, se preocupan más por escribir incoherencias, hacer chistes sobre la poesía, decir cada cinco minutos que ha muerto y atacarse por cada verso escrito; no se lo toman en serio. Además, ya nadie escribe hermosa poesía épica, llena de dioses y guerras. Por último, me apasiona más la ciencia ficción, a pesar de estar denostada por los intelectualoides y académicos.

Ander estaba desconcertado, no sabía qué decir, veía cómo lo que creía se desmoronaba como un castillo de arena golpeado por una ola; debía hacer algo, tratar de arreglar el tiempo, este joven debía ser uno de los grandes poetas y no un escritor más de historias fantasiosas sobre seudociencia. Antes ya se había enfrentado situaciones similares donde alguien del pasado iba a errar su camino, dedicándose a otra cosa, pero esto no era una misión, además el Hernando se veía convencido de lo que quería, y sabía muy bien que intervenir podría alterar las cosas; claro, a como debían ser. De nuevo vino a su mente la idea de qué tal vez todo debía ser como está y no como él recordaba; ese futuro donde el chico escribiría sus poemas y ganaba, encausando su talento hacia la dirección correcta para crear más poemarios que dentro de algunos siglos alentarían a un Ander más pequeño en los momentos más difíciles. Su misión, como agente, era arreglar el tiempo pero, ¿realmente era tan relevante este chico y sus poemas para la historia de la humanidad? No tenía conocimiento sobre alguna misión para corregir este hecho, o ¿sería simplemente un capricho de Ander por no perder algo que él consideraba que le pertenecía? Si intervenía tendría que justificar su acción, y eso podría costarle su carrera impecable. Debía tomar una decisión pronto, al salir de esa cafetería regresaría a su época y no podría volver a ese punto en el tiempo. Sin pensarlo, lo besó y salió corriendo, escuchó que le hablaban y todo se volvía oscuro…

–Bien hecho Ander, tienes lo necesario para ser un maqui–. Vi la gran sonrisa de Ric, el líder de la resistencia de subterra.

–Por un momento pensé que arruinaría todo, fue un golpe muy bajo usar a mi autor favorito en esta última simulación.

–Lo sé, pero necesitábamos saber si tenías las agallas para respetar su libre albedrío y no imponerle un destino conveniente a tus intereses.

–Bueno, ahora que lo he demostrado, ¿cuál será mi primera misión?

–Tranquilo, lo que nos sobra es tiempo.

 

Texto por Jesús Eduardo Ramírez Gutiérrez e ilustración por Oscar Pinto. Texto ganador del segundo lugar de la convocatoria de cuento corto de ciencia ficción y fantasía. 

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