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Los Reyes de Karax

Era la noche previa al inicio de la Batalla de los 17 Sistemas y parecía que las estrellas brillaban con mayor intensidad que nunca. Sólo parecía, porque en realidad eran miles de naves que surcaban el cielo de la capital del planeta Karax, afinando los últimos detalles de la flota que esperaba en órbita para partir rumbo al campo de batalla.

Una de esas naves era la de Éxilon, un joven con apenas suficiente edad para pelear, pero que durante los meses previos había probado ser una de las nuevas promesas del planeta para defender su autonomía. El soldado se encontraba inquieto, en parte por la idea de que dentro de unas horas estaría en su nave rumbo a la batalla, pero principalmente por el hecho de que esas horas quizá serían las últimas con el amor de su vida.

Kirion estaba sentado en el borde de un acantilado, con el mar a sus pies, una pequeña isla con un gran monumento en el horizonte y las últimas luces del morado ocaso a punto de dar paso a la totalidad de la noche. La cabeza del joven karaxiano era una mezcla de emociones, entre las que destacaba el miedo de lo que podía perder y la rabia de no poder estar junto a él en batalla por un estúpido número arbitrario que le evitaba ser considerado suficientemente “hombre” como para luchar. Estaba a punto de romper en llanto una vez más cuando entre el susurro del viento pudo distinguir las casi silenciosas vibraciones de un motor.

Éxilon abrió la cabina de su nave y sin perder un segundo, con completa destreza, saltó de ella hacia el suelo, y empezó a correr. Kirion se quedó un segundo al borde del acantilado viendo a su amor en traje militar plateado correr hacia él, con el cabello largo y alborotado moverse a la par del viento, con sus uñas pintadas de plateado centellear bajo las estrella, y su cara con la tradicional pintura de guerra esbozar una sonrisa. Habiendo perdido ese único segundo, Kirion también se echó a correr hacia él.

La velocidad y el cuerpo musculoso de Éxilon pudieron más, y al encontrarse con Kirion ambos terminaron en el suelo intentando recuperar el aire entre los besos que se daban sin parar.

“Hola”, dijo finalmente Éxilon y se echó al lado de su novio mientras lo tomaba de la mano.

Kirion no contestó, se limitó a seguir viendo las estrellas y a sobar la mano de Éxilon con su pulgar en pequeños círculos.

“¿Qué es lo que pasa?”, le preguntó, intentando nuevamente empezar una conversación. El silencio siguió.

Éxilon sabía que lo mejor era no presionarlo. Kirion tenía la extraña habilidad de saber qué decir en el momento adecuado y de la manera adecuada; era una de las cosas que más amaba de él. Después de lo que parecieron horas Kirion finalmente habló.

“Es extraño pensar cómo llegamos aquí, ¿no?”, dijo. Éxilon se sentó y lo volteó a ver con una cara de total confusión, cosa que Kirion notó perfectamente.

“No, no hablo de nosotros”, le dijo mientras le daba un pequeño golpe en el hombro. “Me refiero a nosotros como sociedad. Al borde de una nueva guerra después de milenios en paz”.

“¿Conoces la historia de esa constelación?”, preguntó Kirion mientras apuntaba al cielo hacia una formación perfectamente circular de doce estrellas atravesada en extremos opuestos por el luminoso brazo de su propia galaxia y el de una vecina en colisión.

“El anillo de Komt… es una palabra que en los antiguos dialectos significa ‘compromiso’. Según cuentan las historias simboliza el compromiso de los antiguos reyes Karkas y Alax de unificar los dos reinos más poderosos del planeta en uno solo”, contestó a su propia pregunta.

“Cuando era niño mi abuela me contó esa historia de una manera diferente… no era una historia de guerra y política, sino una de amor. Karkas y Alax eran los príncipes herederos de dos reinos en eterna guerra por el control total del planeta y fueron designados por sus padres para negociar su fin cuando ambos bandos estaban al borde de la aniquilación. Después de meses de negociación en aquella isla empezaron a desarrollar una amistad cuando se dieron cuenta de que eran más similares de lo que creían, que odiaban el odio entre sus reinos, y que un simple establecimiento de términos de rendición no bastaría. Poco a poco esa amistad se convirtió en algo más y fue evidente que la única forma de terminar con la guerra era una unión. Que dos hombres se unieran era impensable, pero la alternativa a la propuesta de los príncipes era extender la guerra hasta la aniquilación de todos. Sus padres aceptaron, abdicaron al trono, y los reinos se unieron en uno bajo el mando de los dos. Dicen que el día de la boda y coronación un gran fuego se encendió en el centro de esa constelación y ardió durante todo su reinado. Ese círculo no sólo es el símbolo de un compromiso que mantiene unido un planeta…es el símbolo de un compromiso que unió a dos hombres por primera vez”, Kirion terminó su relato al tiempo que se puso de pie para sacar una caja de su chamarra e hincarse frente a Éxilon.

“¿Me concederías el honor de hacer el mismo compromiso conmigo?”, le preguntó mientras abría la caja para dejar ver un anillo con doce pequeñas joyas azules incrustadas.

Éxilon se quedó boquiabierto llevando su mirada del anillo a la cara de Kirion y de regreso. No sabía qué decir. Sabía que quería hacerlo, pero no podía dejar de pensar en todo lo que podía salir mal en el futuro cercano. Justo cuando la expresión de Kirion parecía ser la de alguien derrotado y agachó la cabeza, Éxilon tomó el anillo, se lo colocó, y con un suave gesto levantó la cabeza de su prometido para poder ver sus ojos antes de besarlo.

Era la noche previa al inicio de la Batalla de los 17 Sistemas y parecía que las estrellas brillaban con mayor intensidad que nunca. Sólo parecía, porque en realidad Éxilon ahora volteaba al cielo y veía las cosas con más esperanza. Ahora tenía una nueva razón para salir la mañana siguiente a la batalla y, más importante aún, tenía una nueva razón para regresar.

 

Texto por Marco Antonio Gómez Lovera e ilustración por Oscar Pinto. Texto ganador de del tercer lugar de la convocatoria de cuento corto de ciencia ficción y fantasía. 

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