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¿Y si te sale un hijo gay?

C

on frecuencia, el planteamiento de dicha pregunta es suficiente para terminar en un debate sobre homosexualidad, es la manera en que un homofóbico pretende hacer que su interlocutor replantee su postura sobre el tema; quien se encuentra interrogado muchas veces sucumbe ante la disyuntiva, y con frecuencia las respuestas resultan ser algo como: lo desconozco, lo abandono, lo tiro o lo mato.

Me refiero a discusiones infantiles o adolescentes, aunque también lo he llegado a escuchar en conversaciones adultas, al verme enfrascado en ese planteamiento, siempre contestaba con -si así resulta, pues qué puedo hacer, no haré nada, es mi hijo. Las respuestas iban desde la burla hasta la incredulidad -No es verdad, no lo permitirías, si los defiendes entonces eres puto.

Debo admitir que nunca me lo plantee con detenimiento, como una posibilidad real, simplemente no se me ocurrió analizarlo.

Hasta que sucedió.

No me tomó por sorpresa, siempre fui muy observador de la conducta de mi hijo, mi descubrimiento fue algo gradual, por supuesto al principio era algo imperceptible, simplemente veía en mi niño la alegría que le provocaba bailar o imitar coreografías, sus marcados ademanes y entusiasmo; no pretendo establecer estos rasgos dentro de estereotipos gay, sin embargo era muy notorio que sus compañeros de guardería y kínder no tenían una conducta similar, eran pequeños detalles a los que no presté importancia, después de todo, un niño es alegre y entusiasta, ¿no? Y él no era la excepción, en su propio estilo y personalidad.

Este descubrimiento que noté a partir de sus 3 años, se fue reafirmando cada vez con los tipos de juguetes que él prefería o al imitar personajes y roles femeninos. Jamás le negué alguno de esos juguetes, aunque por curiosidad sí solía darle a escoger entre muñecas o autos, rosa o azul, el robot vs. el hornito eléctrico. Los juguetes son una herramienta de aprendizaje para los niños y niñas, pero siempre descarté la idea de que haberle proporcionado los objetos que él elegía haya determinado su persona, porque él ya es así y forzarlo a tener vaqueros, armas o robots no lo iba a cambiar, y quien difiera conmigo en este sentido y piense que fui “culpable” de encaminar su preferencia, simplemente se niega a la realidad: el nació así.

Para este momento su madre y yo ya estábamos casi seguros de que nuestro niño era diferente, y ambos nos dimos cuenta de que existe un mito: que todos los gays se hacen, y se vuelven así a partir de traumas. Nada más lejano de la realidad.

Unos meses después de habernos dado cuenta, su madre y yo nos separamos, desde luego repercutió en su conducta y lo llevamos con 3 terapeutas diferentes, al tocar el tema de la sexualidad, todas coincidieron en los siguientes puntos.

  1. Su orientación ya había aparecido antes de la separación, por lo que no era detonante
  2. Su orientación era marcada y aunque apuntaba a que sí era gay, aún no contaba con la madurez suficiente para reconocerse y definir su sexualidad
  3. No hay indicios de que haya sido abusado en la escuela o por algún familiar

Nunca fue nuestra intención “enderezar” su camino, sino tener la certeza de que él era así por naturaleza y que el divorcio no afectaría de alguna forma no solo su sexualidad sino su comportamiento general.

Finalmente entró a la primaria, me encontré con mucho alivio al saber que sus compañeros y maestros jamás lo rechazaron, yo temía mucho que sufriera de bullying, pero lejos de ser un niño aislado, siempre tuvo un círculo social bastante sólido. Sus amigos simplemente crecieron con él, sabían de su orientación sin darle realmente importancia. Mi temor regresó cuando él entró a la secundaria, nuevos compañeros, un ambiente más crudo, la posibilidad del rechazo me angustiaba.

Me preocupé de más, misma situación, su generación resultó ser más tolerante de lo que fue la mía hace 30 años, para este entonces, mi hijo ya se había reconocido él mismo como gay, ya habíamos tenido algunas pláticas en las que él me reafirmó que tenía conciencia sobre su orientación. Curiosamente su preferencia por el rosa y los roles femeninos habían desaparecido, sus gustos por el contrario, eran los mismos que los demás chicos de su edad, a excepción de las niñas, por supuesto. Citando sus palabras textuales -Sé que soy hombre, me gusta ser hombre, vestirme como tal y hacer las mismas cosas, simplemente, me gustan los chicos.

Criar a un niño -un adolescente gay- no es diferente a criar un niño heterosexual, tengo otro hijo menor que lo demuestra. Como padre, me plantee hace años atrás que su sexualidad no se trata de mi, de mis ideas, de mi propia preferencia, que aún cuando yo no tenía prejuicios y tenía con amigos gays, me estaba reafirmando como ser humano tolerante y como padre. Claro, admito que en algún momento me había visualizado dándole consejos sobre su primera novia, sobre el tener nietos biológicos, cosas que uno da por implícito, hasta que me di cuenta de que la vida no es lineal, que hay variantes y una de esas llegó a mi vida, pero repito: no se trata de mí, de mis expectativas, sino de la felicidad que él encuentre al hacer su propia vida.

Criar a un hijo gay no es diferente, jugamos videojuegos, me pasa memes, voy a la escuela a firmar boletas y a veces hay quejas, a veces felicitaciones, ama a nuestro perro, se pelea con su hermano, y también llegamos a jugar pesado.

Estoy muy orgulloso de mi hijo, muchísimo, pero no por el hecho de que sea gay, sino porque es un buen chico, con buenas calificaciones, con sueños, con ganas de vivir, estoy orgulloso de su autoconocimiento, su auto aceptación y de tener la determinación de ser él mismo sin máscaras ni misterios. Aún hay temas que me inquietan como el que enfrente la homofobia en la calle, la promiscuidad, etc. Pero mi papel se limita a lo que debe hacer un padre: aconsejarlo, guiarlo, darle valores éticos y enseñarle a defenderse.

¿Qué harías si tu hijo te sale gay? Se hace lo que se debe hacer cuando se tiene un hijo, es todo.

El autor ha elegido permanecer en el anonimato para proteger la identidad de su hijo quien aún es menor de edad. Ilustración por Román Zurita