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Marcho por ti, que ayer no podías

S

iempre sé tú mismo: Parece fácil cuando frente al espejo puedes reconocer tu verdadero valor. Desnudo de todas las etiquetas, encuentras en el fondo, esa chispa que con los años va haciéndose más fuerte que “el qué dirán”.

Recuerdo las veces que reiste nerviosamente cuando alguna pregunta te agarró en curva, atentando con desbalancear la impecable fachada que mostrabas ante los demás. Esa máscara que construiste con tanto cuidado; misma con la que pudiste escabullirte entre las grietas esquivando la carrilla, el bullying y la agresión cuando eras adolescente.

Aquellos chistes machistas sobre homosexuales sirvieron de blindaje para practicar la tolerancia ante la intolerancia.

Fue una suerte haber encontrado refugio en tus amigos. Especialmente en aquella niña bonita que más que tapadera, fue tu cómplice, y con la que aprendiste una de tus primeras lecciones: los demás también tienen un poco de miedo de ser ellos mismos.

Tuviste que separarte de tu casa, de tus padres, de los amigos con los que creciste, y sobre todo, de aquella presión que seguido sentías que te asfixiaba; a veces nos exigimos más a nosotros mismos de lo que los demás esperan de ti.

En la distancia experimentaste de primera mano lo emocionante de conocer gente parecida a ti.

Tu hermano te abrazó borracho en tu cumpleaños cuando se lo “confesaste”.

Tu madre lloró, no por la noticia, sino por lo difícil que es el mundo para quienes deciden ser ellos mismos. Entre lágrimas te dijo: “nunca te dejes pisotear ni hacer menos por nadie”.

Tu padre, reservado y prudente como es, llevó el proceso de asimilación internamente, siempre recordándote en cada oportunidad lo orgulloso que estaba de ti.

Un doctor te dio una palmadita en el hombro y te dijo que no tenías nada de qué preocuparte, cuando histéricamente fuiste a consulta después de tus primeras relaciones sexuales. Otro te miró fijo a los ojos y te dijo “cómo pudiste hacerle eso a tu mamá” cuando tuviste un falso positivo.

Descubriste lo doloroso que es aquel llanto mudo a solas en la noche; ahogaste en la almohada lágrimas de felicidad, rabia y celos.

Hoy, que puedes mirar más allá de tu nariz, te das cuenta que cada uno de esos episodios fueron momentos que te tocaron vivir a tu propio ritmo.

Te das cuenta también que no todos tuvieron ni tienen la fortuna de aventurarse a lo desconocido con una red de seguridad construida por el amor y cariño de las personas a quienes encontraste en tu camino.

Hoy marcho por ti, que ayer no podías. Por ti que aún no puedes. Y en especial por ti, que aún no encuentras motivos para hacerlo.

 

Texto por Rodrigo Herrera e ilustración por Hernán Gallo.